Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo)

Ahora probablemente no sea necesario pensar la cultura. Lo urgente es mantener el caudal de ella misma que nos ha traído hasta aquí. Lo que inquieta son los embates a que se ve sometida, unos tecnológicos, otros olvidadizos, algunos más por simple desconcierto, pero todos arrojando incertidumbre acerca de si esta cultura es la que merecemos o la causante de ciertos males; o si se nos escapa. Pero no es la cultura sino la actividad en que fragua, este que llamamos «sector cultural», lo que precisa algo o mucho de reflexión. Porque pareciera que cuanto se nos viene abajo al calor —o al frío— de una crisis viniera a precipitarse en cultura: en qué ideamos o recordamos o creamos que ahora no funciona; que no satisface como confiamos que nos satisfaría. Así que habrá que trepar a la atalaya y otear con la rosa de los vientos a la mano: es lo que pretendo hacer con ayuda de algunas palabras.

Si todas nuestras opciones se limitaran a dos, estar seguros de algo o sospechar de casi todo, la vida sería bastante más cómoda. Especialmente esa que llamamos vida intelectual, que viene a ser la única faceta de la existencia sobre la que somos soberanos a la hora de prolongarla o achicarla cuanto nos venga en gana. Pero la cosa no viene así. Es complicada y a ratos parece que irresoluble, porque las tesituras en las que hay que optar se multiplican y sólo queda el consuelo final de percibir, con satisfacción, que eso mismo nos constituye, que es nuestra, o la, cultura en la que gozamos de cientos o miles de certezas que sabemos plagadas de incertidumbres. Hace muy poco Andy Miah, un británico entregado a la bioética, venía a decir comentando los avatares de su oficio que el incremento de posibilidades de elegir comporta más incertidumbre: no sólo en materia biológica, habría que apostillar, sino en todo, en la vida en general, en la congruencia de las ideas, en la comprensión de cosas y sucesos, desde luego en la cultura que no para de reinventarse y exigirnos adaptaciones, de requerirnos una comprensión nueva o más extensa, también un léxico actualizado o reconvertido del previamente válido.
Las opciones para saber o conocer ahora, al arrancar este siglo, son múltiples en gran medida porque están disponibles en contextos también diversos, en el ámbito íntimo y personal a la vez que en el espacio público. Y ello se lo debemos a soportes y conexiones, a la tecnología, así en general, de la que se ha dicho que comenzaba a ser sinónimo de inteligencia o que hacía iguales al sabio y al niño que maneja un ordenador… Seguramente en esas hipérboles desgarradas se condensan los abanicos de posibilidades que a la postre inducen incertidumbre o que, expresado de otro modo, permiten prescindir de matices entre saber y conocer porque los dos conceptos han quedado nublados en el de acceso al conocimiento (o al saber). De manera que la cuestión de cabecera de estos párrafos puede que ya sea apenas retórica: si es necesario se accede al buscón de la RAE y, en caso de no estar para sutilezas semánticas, se pincha en Wikipedia® y se echa el rato saltando de un enlace a otro hasta transmutarse uno de curioso pertinente en evaluador inane, en editor de puntos sobre las íes, en Torquemada de ignotos voluntarios de la divulgación, eruditos quizá de salón o mesa camilla o capaz que frustrados maestros (de Buscón a Torquemada… sutil juego de retorno a quién sabe si nuestro inconsciente hispánico).

P.A.Vives, 2012

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