Los Publicos de la Cultura

Los públicos de la cultura

En la última década, el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación ha originado nuevas condiciones para la generación de valor en la economía y en el intercambio entre las empresas y sus clientes. La gestión de la innovación en economías abiertas (Chesborough, 2003) “ha demostrado ser más efectiva tanto en la creación como en la aplicación de nuevo conocimiento” (Achrol y Kotler, 2012, p. 41) y ha generado un nuevo modelo de organización: la organización en red. Como no podía ser de otra manera, los caminos académico y empírico se han encontrado para crear una nueva área de conocimiento que ya se considera una línea de investigación en la dirección de empresas (Gummesson, 2010, 2012; Ballantyne y Varey, 2008; y Vargo y Lusch, 2004.): el marketing colaborativo.

El ámbito cultural, por el tipo de producto que vende y el contexto en el que opera, puede encontrar múltiples ventajas al incorporar esta nueva perspectiva. El concepto de marketing colaborativo los podemos definir como “el proceso en la sociedad y en las organizaciones que facilita el intercambio voluntario a través de relaciones colaborativas que crean un valor recíproco a través de la aplicación de recursos complementarios”.

Los Publicos de la Cultura

Se trata de una evolución natural de la disciplina hacia un nuevo “escenario de redes”, en el que las teorías de marketing relacional han desarrollado un papel clave que explican la evolución lógica hacia un nuevo paradigma (Achrol y Kotler, 2012; Achrol and Kotler, 1999; Gummesson, 1998; Morgan y Hunt, 1994; Sheth y Parvatiyar, 1995). En este nuevo paradigma , se produce un cambio en las funciones asignadas a los roles de los agentes de interés y las relaciones de intercambio se sustituyen por relaciones colaborativas en las que, tal y como se proponía en el enfoque de marketing de relaciones, se pretende generar vínculos de ganador – ganador entre todos los agentes de interés, evolucionando del marketing onetoone al manytomany marketing, tal y como indica Gummesson (2008), sustituyendo la posición de la organización centrada en el cliente por una organización en economía abierta en la que las relaciones con los clientes y otros agentes implicados son de colaboración y el beneficio se proyecta más allá del corto plazo y la organización individual para integrar al resto de colaboradores (asociaciones, públicos, privados, etc.), entendiendo que todos se benefician de un contexto de colaboración y crecimiento. Este puede ser considerado el antecedente inmediato de las nuevas teorías colaborativas, así como una nueva manera de “coompetir” en la línea propuesta por Brandenburger y Nalebuff (1997): “youdon´thavetoblowouttheotherfellow´s light toletyourownshine”.

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Lexico de Incertidumbres Culturales

Léxico de Incertidumbres Culturales

Mientras los padres, una hermana de diez u once años y otro hermano de algo menos rebuscaban eficientemente en la basura, la más chica de la familia había encontrado entre los despojos un cuento y estaba sentada en el bordillo de la acera enfrascada en la lectura —o la contemplación sin más, porque quizá era demasiado chica para saber leer. Esto no es un recurso facilón; fui testigo y no contó con aditamentos narrativos ni de crudo invierno ni de suburbio apartado porque sucedía en el centro de una gran ciudad, y el que tuviera lugar en tiempo de una crisis económica devastadora simplemente ni le ponía ni le quitaba. Pero desde aquella noche recién empezada se me borraron todas las dudas sobre el sentido, la utilidad y la necesidad de cultura; porque fue para ver la placidez de aquella criatura con «su cuento». De manera que ahora probablemente no sea necesario pensar la cultura.

Lo que llamamos «cultura», lo que entendemos por ella o, mejor aún, lo que percibimos que contiene, está bien pensado en la historia contemporánea. Vivimos además un tiempo de potencialidad cultural innegable tanto por lo producido en pasado y presente cuanto por la capacidad que venimos adquiriendo para acceder a todo ello. No, no hay que «pensar la cultura» como si esta fuera una realidad insatisfactoria, como si nos resultara insuficiente para seguir adelante o nos sintiéramos atrapados por ella en una maraña totalizadora en la que no viésemos expectativa. En todo caso merece reflexión que, conscientes de este estado de cosas, alcancemos a intuir que la disponibilidad de la cultura siga siendo desigual y no sólo en los planos internacional y planetario sino en términos de clase y posición social. Merece reflexión que el período de la humanidad con mayor expansión de las comunicaciones entre sociedades y personas conviva, no sé si insensiblemente, con inequidades culturales que eran conocidas hace cincuenta o cien años y que persisten.

Lexico de Incertidumbres Culturales

Las razones de este escenario —a nivel global, como nos gusta ponderar hoy día— si no son del todo asumidas, por lo menos, están al cabo de la calle: la riqueza sigue peor repartida y la pobreza sin mitigar, corporaciones económicas prevalecen sobre cualquier progreso democrático, el bienestar sucumbe —en las pocas sociedades que llegaron a disfrutarlo— y la codicia sigue desplazando a la honestidad. Esto sucede en todas las esferas de la vida contemporánea, incluida la actividad cultural. Seguramente por eso la «cultura» no tiene instrumentos propios, ni arrestos ni argumentos para cambiar el orden de las cosas o de algunas siquiera; ella misma es un resultado más de la historia y de cómo ha sido precisamente que la historia nos ha traído hasta aquí. Ahora bien, lo que puede que haga falta es ir discriminando cosas e ideas que en el trayecto se han ido acumulando en la cultura sin mucho orden, porque puede que algo no esté donde corresponde, o que se haya dejado por ahí sin miramientos, sin pensarlo. Circula una sensación de que la cultura ha devenido en cajón de sastre al que va a parar, sobre todo, cuanto se considera que apenas tiene, o que ha perdido valor comercial inmediato. Cultura ha llegado a ser tanto el catálogo de las grandilocuencias como la nómina de lo anecdótico, la gloria del conocimiento humano lo mismo que la ocurrencia chocarrera, tanto ideas como aparatos, la belleza insólita y las truculencias seriadas, la reverencia ante Velázquez y mamarrachos en disfraz de cómic. ¿Cómo no comprender que algunas —más de las publicadas, seguramente— de las mentes más lúcidas expresen alarma y desaliento, aun dejándose abierto el desván de estos o aquellos prejuicios? Pero a la vez, ¿cómo no entender la impaciencia de catervas aupadas en una «creatividad » demagógicamente repartida, aunque su malestar desemboque con descaro en prueba de inmadurez e insuficiencia? ¿Cómo no quedar en suspenso, si parece que la cultura ha quedado para consolación de ignaros de un mundo narciso en competencia consigo mismo? La cultura, el conocimiento al fin y al cabo, más que comprensión parece que ahora ofrezca incertidumbre. Visto el caso, en Atalaya me han retado a proponer dónde le estaba brotando el desasosiego
a la cultura, y a nombrar incertidumbres con términos concretos. Es un duelo sin padrinos pero también incruento.

Posiblemente la primera pista del asunto estaba en la sensación de alejamiento del humanismo que parece aquejarnos, porque en la función universitaria humanismo es una meta tan antigua como inalcanzable especialmente desde que toleramos su confusión con moralidad, incluso con religiosidad modernizada, y también desde que nos dejamos formar como especialistas antes que documentados. Que el centro de atención del conocimiento se oriente a la mistificación mercantil, al panegírico de la máquina o a la enajenación global, alejándose del hombre es fuente de inquietud cultural; sin duda. Como también esa otra sensación de desapego del pasado, de aprensión ante la memoria o la historia tachadas de vendavales cambiantes, caprichosos cuando no interesados, que ha conducido a un adanismo condenado al ocaso temprano.

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Resultados Claves de un Servicio Universitario de Cooperacion Cultural

Resultados Claves de un Servicio Universitario de Cooperación Cultural

Las reflexiones que introducen este artículo persiguen ser apenas el punto de partida que permita la valoración del trabajo, que en el ámbito de la Responsabilidad Social Universitaria (RSU), se desarrolla en las universidades públicas andaluzas. Para ello, en primer lugar centraremos la atención en la definición de los conceptos que acotan este acercamiento a las prácticas que realizan las UPA’s.
Siendo conceptos que hoy manejamos de forma casi coloquial (la extensión universitaria, la responsabilidad social universitaria, la transferencia del conocimiento…), un buen ejercicio será definirlos para a partir de ahí, proponer un reflejo del trabajo realizado desde los distintos vicerrectorados/oficinas/servicios competentes, teniendo como referencia una serie de indicadores que según hemos podido constatar reflejan los esfuerzos que en estas materias se llevan a cabo.

Una vez nos planteamos el contexto del estudio, los objetivos del mismo quedaron definidos como sigue:
• Proponer un análisis desde lo particular a lo general, partiendo de los conceptos que
rigen el trabajo de la Responsabilidad Social Universitaria (RSU) para desembocar en un
análisis casuístico de las UPA’s.
• Proponer un análisis de lo que hemos definido como Acción / Proyección Social Universitaria.
• Delimitar los indicadores homogéneos a todas las universidades para ofrecer una visión
realista y abarcadora del cumplimiento de las acciones de proyección social.
• Un panorama de la Acción/Proyección Social en las UPA’s.
• Promover el intercambio de buenas prácticas y facilitar la transferencia de las experiencias
consideradas pioneras en el desarrollo de estas competencias.
• Facilitar la consolidación de las políticas de Acción /Proyección Social de las UPA ’s, ofreciendo
la posibilidad de conocer detalladamente su situación actual al respecto.
• Promover la vinculación y la participación de todos los sectores de la comunidad universitaria
en las acciones, actividades, programas y proyectos que se desarrollen en sus
respectivas universidades, en el terreno de la Acción/Proyección Social.

Para la consecución de estos fines, las universidades públicas andaluzas han construido un valioso tejido de servicios y/o organismos competentes, que en estrecha y profunda vinculación con el ámbito académico, apuestan por la articulación de acciones, programas y actividades que corporicen la RSU y con ella la puesta en valor del compromiso de la institución de altos estudios con la sociedad en la que desarrolla su labor. Fortalecer ese entramado y hacerlo cada vez más útil y visible es el desafío de los Vicerrectorados, Unidades y Servicios que se encargan de la Promoción Social y Cultural y la Extensión Universitaria. De la misma manera, ha de trazar nítidos itinerarios a través de sus proyectos, que implementen las relaciones entre la universidad y la sociedad (cada vez más complejas) poniendo el acento en la vocación pública de servicio y asistencia social y cultural, para el desarrollo comunitario del que la universidad debe ser una
agente destacada.

Resultados Claves de un Servicio Universitario de Cooperacion Cultural

El proceso que nos ha llevado a la integración en el nuevo espacio europeo de educación superior, supone el fortalecimiento del rol otorgado a la extensión universitaria y la importancia que se le confiere al mismo nivel que la formación y la investigación, el desarrollo y la innovación académica y científica, alertando de la necesidad de que éstas deban caminar juntas y establecer un nuevo marco de relaciones y cooperación. Marco en el que se subraya no sólo la importancia de la difusión y extensión de los beneficios, las utilidades y la producción universitaria en la sociedad, sino la responsabilidad social de la Universidad hacia aquell@s individu@s, ciudadan@s, grupos, colectivos, redes, asociaciones, etc., a quienes dicha producción beneficia, siendo la extensión el instrumento por el que la ciudadanía se acerque a la universidad a través de las actuaciones, los proyectos, la asesoría y consulta de aquella.

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Mapa de Procesos de Cursos y Escuelas Culturales

Mapa de Procesos de Cursos y Escuelas Culturales

No por obvio resulta menos necesario incidir en la importancia de la educación dentro de nuestro sistema social y cultural. Sin entrar en el debate en torno a sus contenidos, el ámbito educativo incide una y otra vez en su relevante papel tanto desde un prisma profesional y laboral como desde una perspectiva académica o meramente personal.

La diversificación de los agentes sociales implicados en el contexto educativo ha ido cambiando sustancialmente durante el devenir del pasado siglo XX. De aquella estructura piramidal que concebía el sistema educativo como organización monopolizadora y hegemónica orientada a una distribución jerárquica de los conocimientos se ha ido pasando a una ordenación mucho más abierta donde no solo las grandes instituciones -Iglesia Católica y Estado, básicamente ostentan el papel de difusores de valores y conocimiento.

En esta enriquecida cartografía, son muchos los agentes sociales y culturales implicados en la confección de una oferta educativa que presente opciones de elección a la ciudadanía y que responda a sus necesidades profesionales o personales. Llegados a este punto, se antoja obligado exponer nuestra percepción de la relación entre educación y cultura. Mientras la educación parte de un principio igualitario donde análogos espacios de conocimiento se ofrecen de forma equitativa con el fin de establecer una equidad y justicia social, la cultura ofrece un marco de conocimiento e información más plural y menos monolítico, más permeable y menos académico, que permite a cada ciudadano decantarse por una especialización en la que sustentar su identidad cultural pero también social. Es justo este último marco cultural el que contextualiza el estudio que en estas páginas presentamos. Un territorio donde cada agente o institución, pública o privada, decide sus objetivos y contenidos para, a partir de ellos, proceder a su adaptación y transmisión ayudados por esta herramienta metodológica de carácter eminentemente técnico.

Mapa de Procesos de Cursos y Escuelas Culturales

Sin un sustrato formativo regular en el tiempo, heterogéneo en sus contenidos y lecturas y consistente en su estructuración parece imposible concebir un sólido cimiento creativo pero también un público cualificado y exigente. En la formación se encuentran buena parte de las claves del positivo desarrollo cultural tanto desde el punto de vista de los autores como de los públicos. Y con la organización metodológica de dicha formación se garantiza la satisfacción de unos usuarios interesados –por obligación o por devoción- en seguir ampliando sus parcelas de conocimiento intelectual, moral o profesional. Sobre ellas se construirá ese necesario espacio crítico que los defina -y diferencie- como ciudadanos en activo.

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Informe ejecutivo Navarro y Martinez

Elementos que debieran integrar una Metodología de medición de los retornos de los Grandes Eventos Culturales y de Ocio

La relación cultura-economía trasciende el ámbito de ambas materias. Estas relaciones influyen –limitan pero también potencian– el desarrollo humano. Desde la perspectiva del desarrollo humano y de su relación con la capacidad de las personas para crear valor económico, social y cultural, el trabajo que se presenta dirige una mirada a los elementos que habría que considerar para medir estas relaciones en un ámbito específico de las mismas: los grandes eventos culturales y de ocio.

Este trabajo se aparta de las mediciones tradicionales y de los enfoques macroeconómicos que relacionan cultura y economía. Se adopta una perspectiva más microeconómica y social desde la que se propone una mirada nueva.

Las actividades y eventos culturales se consideran generadores de beneficio económico, contribuyendo a la regeneración urbana de zonas y territorios. Surge así, la necesidad de hacer valoraciones del impacto económico que ello supone. De hecho, múltiples estudios de este carácter han puesto de manifiesto que las actividades culturales pueden contribuir positivamente en el desarrollo de otros sectores como ocurre en el caso de los eventos culturales sobre el sector del turismo. Tradicionalmente, los efectos producidos se han medido a través de estudios de impacto económico o análisis contingentes, que intentan evaluar la actividad económica inducida que tiene lugar en el área de influencia como resultado del evento en cuestión, enfoques que no están exentos de críticas por sus limitaciones.

Un enfoque más amplio considera que la cultura conforma el entorno en el que se desarrolla la actividad humana y la condiciona. De esa manera, como el desarrollo económico, social y cultural de los territorios no puede separarse, la valoración del impacto de los grandes eventos culturales debería ser integral. Partiendo de dicha premisa, la principal proposición para medir el impacto de los grandes eventos debe partir de la consideración de la cultura como un recurso estratégico para la sociedad del conocimiento. La cultura, así vista, conforma las condiciones del ecosistema innovador y emprendedor de la sociedad del conocimiento.

Informe ejecutivo Atalaya

Esta concepción de la cultura como recurso, conduce al concepto de capacidad humana como elemento esencial de la teoría del desarrollo humano que supera la visión tradicional del desarrollo económico. Partiendo de estas premisas y sustentada en el enfoque de las capacidades se ha propuesto una forma innovadora de medición del impacto de los eventos culturales en el desarrollo de las sociedades. La propuesta debe ser contemplada como un avance para el debate y la reflexión no como un modelo acabado. La relación entre los grandes eventos y la sociedad del conocimiento, a través de los indicadores que se ofrecen, es el hilo conductor de la propuesta y el núcleo del trabajo de investigación posterior que se abre.

 

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Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Cultura y dependencia (Malpagá)

Hoy sucede que los «Episodios Nacionales» de Galdós pueden adquirirse por vía electrónica a precio cero. Si, como Throsby recuerda, en términos económicos el precio no mide el valor de un bien sino que sólo es un indicador de éste, ¿estamos ante un indicador de que el valor de la serie galdosiana tiende a la nada, a la intrascendencia? La irrupción del libro electrónico ha hecho reverdecer una de las paradojas en que se ve envuelto el sector de la cultura: los compradores del nuevo formato coinciden en que el precio, contrastado con la edición en papel, es todavía elevado. Una reacción que no sorprende a nadie porque el libro —como tantos productos de la cultura— siempre parece caro, aunque si se preguntara por su valor la respuesta más frecuente sería la de «incalculable». De manera que si la edición electrónica reduce costes de producción y distribución —aunque introduce otros2— y el porcentaje del autor permanece de momento más en suspenso que inmutable, ¿qué porciento habremos de imaginar para un «valor» que tanto ponderamos? No es de extrañar que David Throsby arrancara su ya clásico ensayo sobre economía y cultura con la ingrata tarea de aportar cierta luz a esta paradoja del valor en la economía de la cultura, lo que consigue según y cómo.

Como tenemos establecido que la cultura resulta «invaluable», una respuesta radical a la gran paradoja viene siendo que la cultura ha de ser gratis. Claro; pero entonces habría que encarar una cuestión de temporalidad: ¿cuándo ha de ser gratis? El valor asignado a la cultura no existe en nuestras conciencias de manera idéntica según qué «momento» de cada una de sus materializaciones, porque éstas han de ser producidas intelectualmente y a continuación volcadas sobre un soporte o un medio de comunicación. Desde luego ya en la pulsión creativa el valor intrínseco es universal aunque la mayoría no podamos reconocerlo o certificarlo; lo que implica que entonces su valor social es anecdótico por hipotético y futurible, en tanto su coste de producción es el más alto que alcanzará en su vida como producto cultural. Pero en ese nacimiento material es cuando, irremediablemente, se le asigna un precio; un primer precio que tiene todas las papeletas para parecer caro.

Autor Léxico de incertidumbres culturales

El consumidor de cultura no desagrega esa temporalidad que conduce a la universalización de la cultura concreta. No tiene por qué, desde luego. El instinto consumidor recomienda esperar a la edición de bolsillo, al álbum sin añadiduras de lanzamiento, a la reposición o la emisión en abierto: de alguna forma, ese instinto expectante y rácano opera en la temporalidad económica de la cultura para ratificar o no el valor inmarcesible que le corresponda. El problema paradójico a largo plazo es que así comienza el recorrido hacia el «precio cero» que será la certificación de universalidad con mayúsculas. Esta secuencia paradójica se sustenta en un sistema —cultural y nuestro— que hace del derecho de autor la única propiedad de titularidad perecedera en el capitalismo y que utiliza los indicadores más básicos con prurito de negatividad: lo más caro es lo más incierto, lo más consumido lo que menos valor o calidad suscita, lo consagrado lo que más bajas utilidades augura; y en las tres proposiciones cabe añadir, casi siempre, «y viceversa».

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Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Parranda de pavos reales.

Se atribuye a Voltaire la máxima de que el secreto de aburrir a la gente es decirlo todo. Aún si fuera apócrifo, dar por bueno el aforismo explicaría que todo intento desde la cultura por divulgar el conocimiento tenga que constreñirse, achicarse para no aburrir y ser aceptado como entretenimiento o de últimas aparentar la ceremonia de lo nuevo o lo resucitado. Lo mejor de obrar con ese criterio es asumir que la cultura no tiene por qué ser aburrida —si se encoge, claro— y lo malo es caer por el terraplén contemporáneo en que parece que toda la cultura esté llamada a manifestarse en la hora del recreo. La cultura como inductora de lo diferente, de lo imaginario y aun deseado, ha sido una constante en la vida occidental al menos: Emma Bovary imaginando un París hiperbólico a partir de la lectura, y dando por seguro que tantas diferencias con su lánguida vida provinciana habrían de ser claves para su felicidad, resume el sentido utopista y lúdico asignado de antiguo a nuestra cultura. De ahí también la asociación entre cultura y libertad o emancipación.

Pero el divertimento no es condición de cultura. Más bien parece que el bienestar, o el cambio de estatus que el bienestar infiere, han inducido la exclusión del malestar de cualquier forma de conocimiento positivo —en cualquiera de las acepciones de «positivo»—, especialmente a escala personal. En el reciente devenir histórico lo cultural parece autorizado a cuestionar, a hacer pensar sobre esto o aquello, pero no a instalar o instalarse en el malestar. Y de ahí una predisposición hacia cómo ha de repercutir positivamente la cultura en nuestras vidas que ha llevado las sociedades avanzadas a cometer un error garrafal —¿de garrafa?— equiparando en la praxis cultura con ocio, esto es, reservando y relegando la concreción del conocimiento a una temporalidad ineficaz a priori en la construcción del bienestar mismo. Eso ha generado serias confusiones tanto éticas como mercantiles cuyas consecuencias aún estamos pagando; porque la concepción sectorial de la cultura se ha elaborado a partir de tal error o sin reparar en él, mientras que los datos básicos de la demoscopia —y el sentido común— dejan bien claro que la cultura no es ni el principal ni el subsiguiente contenido del ocio entre nosotros.

Autor Léxico de incertidumbres culturales

Lo cierto es que la cultura en la expansión del capitalismo ha debido adaptarse a esa circunstancia que nos trae a preguntarnos, al cabo, si en el trayecto se ha corrompido. ¿Es un problema que la cultura esté o parezca seducida por el entretenimiento en nuestros días? Más que problema efectivo se trata de una suerte de angustia intelectual ante la creciente frecuencia con que lo entretenido, lo que divierte se toma por «cultura» o actividad cultural de manera acrítica, simplemente porque está en el ocio. Reprochamos que lo que entretiene sin más está devorando una idea superior de cultura. Como además la frecuencia ha convertido el divertimento y la cultura a él asociada en rutina, es muy alta la tentación de referir la cosa en términos de hecatombe.

Si se repara con algo de pausa, no es tan abrumadora ni total una pretendida entrega de la cultura al divertimento. Vivimos, eso sí, un crecimiento exponencial del entretenimiento como actividad buscada y favorita —e inducida, qué caramba— de cada vez más gente, pero también debiéramos reconocer que aumenta, más discretamente sin duda, el disfrute intelectual, reflexivo, convencional si se quiere de la cultura en sus diversas manifestaciones, a poco que comparemos con épocas pasadas no tan lejanas. En todo caso es la mentalidad contemporánea, principalmente occidental y hasta ahora transmitida en la globalización, la que viene anteponiendo lo divertido y enajenante a un encaramiento de la realidad, digamos que seriamente, o simplemente al disfrute de la cultura sin requisitos festivos.

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Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). A manera de huída.

Los andaluces presentamos una bajísima reacción ante el enunciado «arte actual». La mitad de nosotros ni se detiene a calcular si le sugiere alguna cosa; de la otra mitad acaso uno de cada cinco esboza cierta idea más o menos concreta. Como creo que no se ha consultado algo así a otros universos de opinión pública, no es posible comparar ni por tanto tener un dato de referencia de mayor significación demoscópica; sí tenemos, en cambio, una larga sensación de que existe una suerte de divorcio entre el ciudadano común y los artistas, los críticos, los degustadores y, por extensión, los resultados materiales y virtuales de la tarea que estos llevan a cabo; además, en el conjunto de ciudadanos comunes hay que incluir para el caso a bastantes intelectuales contemporáneos, entre los que no faltan artistas plásticos o músicos que cabría suponerlos del otro lado. También cada vez son más las voces que salen a la palestra para confesar que ante muchas producciones del «arte actual» sienten que les están tomando el pelo. O intentándolo. Me sumo.

Sin embargo es inevitable tomar en consideración que el estupor, o la desconfianza o la incomprensión suscitados por ese arte «actual» o coetáneo es una percepción de alguna manera cíclica, que se trata ahora de una sensación extendida en sociedades con multitud de medios de información y que, muy probablemente, algo así no habría sucedido en Occidente desde los siglos del primer románico —salvadas las distancias mentales, demográficas y comunicacionales—, pues sólo en aquel tiempo la abstracción, la exclusión de perspectiva y tridimensionalidad tuvieron una pujanza comparable. Probablemente pues, sea sólo la segunda vez en la historia en que el «arte actual» desconcierta a una mayoría de quienes se acercan a él. A una mayoría de sus destinatarios occidentales, conviene puntualizar. Visto así, intervendría en nuestra sensibilidad cultural, especialmente en lo que hace a la emotividad plástica, una elusión temporal comprensible pero de no poca relevancia: en el tiempo largo esta situación parece menos trascendente, o menos singular, que para el horizonte de las generaciones que alcanzamos a coexistir en el último siglo. Nuestro arte actual parece inmerso en una secuencia de innovación reciente, cercana en la memoria, que fuerza a contrastarlo con cánones estéticos anteriores más y mejor asentados en esa misma memoria y que forman parte de ideas del mundo y las cosas ya seculares. Dicha perspectiva es la que sigue asociando las artes plásticas contemporáneas —en menor medida a la música o la arquitectura— con el concepto de vanguardia, o con el calificativo «vanguardista», en la mentalidad común.

Ahora bien, ya sabemos que las vanguardias como sucesión de movimientos artísticos compusieron una tendencia que, historiográficamente hablando, surgieron hacia 1900 y decayeron con la segunda guerra mundial, hacia 1940. Esos fueron sus márgenes temporales en la historia occidental. Después de eso, ¿ya no hubo ni hay más vanguardias? Parece ser que no, con los manuales en la mano y Wikipedia en la pantalla. Estamos entonces des-conmemorando o contra-celebrando el siglo transcurrido desde que el fovismo puso colorines a la modernidad del cambio de siglo; y todo aquello, más lo que vino después, desencadenó en nuestra idea de arte efectos estéticos identificables aún hoy día que, sin embargo, apenas cabe rastrear por lo que se refiere a factores eidéticos. Porque una razón capital de aquellas vanguardias históricas que ahora resulta inconcebible fue precisamente su vocación eidética, ideológica en algún caso, materializada en manifiestos y en otros textos de diferente corte y destino2.

No podemos saber cuál fue el grado de influencia o de impacto de esa literatura de proclamas estéticas fuera de los limitados grupos de artistas, escritores, marchantes, críticos en que circularon, porque se trató de movimientos de y para minorías, casi grupúsculos a los que solamente internacionalidad y notoriedad confieren trascendencia histórica. Casi con seguridad puede decirse que la proyección más patente de cierta popularidad que las vanguardias alcanzaron en sociedades de su tiempo se debió más a la arquitectura —especialmente la racionalista— que a otras disciplinas, por razones obvias y aunque no quepa deducir de ello sin más que aquella arquitectura fuese dimanante de ninguno de los movimientos. Y si en algún otro plano de la cultura material dejaron una huella singular y duradera ese fue el de una estética editorial y tipográfica que, sin embargo, casi ni se percibe o se reconoce al cabo del tiempo3 pese a que sus propuestas y hallazgos siguen vivos en la edición contemporánea.

Autor Léxico de incertidumbres culturales

Pero la idea de vanguardia como «ruptura» desde el ámbito de la estética, que implicaba la necesidad de proveer de espacio cultural a transformaciones socio-económicas y a la pujanza de ideologías de masas —fascismo, comunismo, anarco-sindicalismo—, es la que efectivamente desapareció con la IIGM. La guerra, el desastre sufrido y experimentado por Europa en 1914-18, había parecido de imposible repetición para una o dos generaciones en que afloraron las vanguardias: ese contexto mental ayuda a comprender que, tras 1945, estas quedasen atrapadas en un reproche general a las extravagancias y frivolidades de los años de entreguerras. Atrapadas, pero no muertas.

Adelanto editorial- Lexico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). A manera de huida.

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Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). De masas (¿conformistas?) a redes (¿indignadas?)

Parece que existe un consenso extendido entre la clase cultural respecto a que atravesamos un viraje de la «cultura de masas» hacia una «cultura en red». Personalmente no termino de comprender bien en qué ha de consistir el horizonte de llegada —seguramente porque tampoco asumo sin más el punto de partida—, pero lo cierto es que la crítica cultural desde hace pocos años se desenvuelve con esos parámetros. Esa crítica se centra más hasta ahora en la insuficiencia de la cultura de masas, especialmente en cuanto hace a televisión e internet; cosa lógica porque es lo que conocemos y ha protagonizado las alteraciones o convulsiones de cuanto aceptamos por cultura en las tres décadas últimas aproximadamente. También con relativa lógica lo que ha empezado a suceder en «la red» se enfoca con menos aspereza, con benevolencia a veces, quizá porque el rabillo del ojo no pierde de vista cómo nos reflejamos en el espejo de lo futurible. El corolario, por lo visto inevitable, es que la cultura masificada, la vulgarización desbocada, nos ha traído a un estadio culturalmente estancado, inane en muchos sentidos, en el que vamos perdiendo por días y minutos un sentido cabal del conocimiento como fundamento humano así como sus efectos de sensibilidad, sensatez y comprensión del mundo. La civilización del espectáculo de Vargas Llosa (2012, Alfaguara) viene a coincidir a grandes rasgos con esa visión.

Esta crítica, sin embargo, me parece que elude un hecho constatable al que se ningunea implícitamente: la cultura supuestamente perdida, la «alta cultura» o «de élites» que decíamos hasta hace no tanto, no ha desaparecido ni está muerta. Cosa distinta, que podría debatirse, es que esa cultura elevada, de no fácil acceso ni sostenimiento a escalas individual y grupal, no haya figurado con frecuencia ni en los planteamientos industriales ni en la demanda masificada, como pudo desearse tras la IIGM. Con todo, nadie habrá de negar que las seis últimas décadas hayan puesto a disposición en Occidente, por vía de mercado o como tarea pública, más literatura, música, cine, patrimonio, artes plásticas y escénicas, más cultura de diferentes niveles en fin, que nunca antes en la historia. Más aún, estoy por proponer que en realidad no ha llegado a existir una cultura propiamente de masas sino más bien para consumo masivo, y que en realidad se ha tratado —se trata— de adaptaciones y derivas de la cultura con todas las letras de alta, a lo que se ha añadido la expansión de sus prácticas más propias y arraigadas como puedan ser la lectura, la audición de música, la contemplación visual o el afán viajero. Si el resultado es que no todas o la mayoría de personas, en sociedades occidentales, disfrutan, practican y se reencuentran en nuestra maravillosa cultura, habrá que llevarlo al inventario de frustraciones también occidentales: como la equidad social, el respeto capitalista hacia el estado de derecho, la solidaridad (sin causas) o la dignidad material, laboral, ciudadana. Si desde la óptica cultural desespera el éxito del disparate, de lo estrambótico, de la nimiedad, qué se le va a hacer: piénsese en el resto, en el conjunto.

La segunda proposición del diagnóstico al parecer consensuado lleva a un cuestionamiento comprensiblemente cargado de incertidumbre: ¿está despegando una, o la, cultura en red? Deberíamos tener una idea más nítida de las características del fenómeno, porque hasta ahora cabe dar por seguro que se trata de un ámbito virtual, comunicacional, en el que no sólo se incorporan los contenidos clásicos, por así decir, sino también multitud de impulsos creativos de mayor y menor elaboración, acompañados frecuentemente de cierto desdén hacia la formalidad de la creación heredada, del legado cultural que se supone de algún modo ya improductivo. Esta (¿nueva?) cultura que viaja por internet cuenta además con otro rasgo inquietante: la individualidad en que se propone, en que se gesta. Los defensores del nuevo horizonte insisten especialmente en la libertad individual para intervenir en él aunque, bien pensado, se trataría más de una libertad para publicar —que ciertamente no existía veinte o veinticinco años atrás—, pues la capacidad de trasladar pensamiento, ingenio o imaginación al papel, a la imagen o a la partitura, por ejemplo, es más vieja que la Tana y lo que históricamente separa dicha capacidad de su transmisión pública es la edición, esto es, la mediación del sistema cultural entre creador y audiencia.

 

Además, y al fin y al cabo, el individuo siempre ha gestionado su relación socio-cultural basculando entre extremos de ensimismamiento y alienación, con la comunicación como eje de gradación existencial, relacional o meramente informativa. El individuo alumbrado por la Ilustración fue ya esencialmente individuo comunicado, interrelacionado, atento a la posibilidad de utilizar e intervenir en los medios de su tiempo; pero fue también individuo pre-industrial, proto-liberal y urbano, rasgos que dibujaron la cultura romántica y la diferenciarían respecto a la de medio o un siglo después, ésta ya como resultado de la industrialización y crecientemente marcada por el nacimiento de las masas. Visto así, ¿será esto de la red una suerte de retorno pos-industrial, urbanita e individualista a un neo-romanticismo contra la alienación en la masa y aferrado a una tabla de salvación de interactividad virtual? Pudiera ser.

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Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Una «tablet» para Rodrigo Caro.

La primera vez que anduve por Itálica era una primavera sin templar y acabé resfriado; no es que asocie desde entonces la Hispania romana con la congestión nasal, sino que era aún niño y cada imagen, cada cosa de aquella mañana se me quedó para siempre en la memoria. Es lo que tiene el patrimonio histórico: que como sea que uno se lo tropiece se instala, se mete entre las neuronas y sin quererlo ya va con uno a todas partes, sin estorbar, pero alerta para jugar a las referencias, a las comparaciones, a la nostalgia. Naturalmente eso mismo pasa cada vez más con la lengua, con el idioma, porque seguramente es el patrimonio cultural básico que no sólo heredamos sino que protagonizamos —eso hace mucha ilusión— y en el que vamos usando, gastando, inventando, recuperando palabras, giros, hablas que uno escuchó y hasta puede que amásemos incluso: préstamos, incorporaciones, adaptaciones que son estructura lingüística, historia de tantos a la vez que propia, historia del conocimiento que llevamos alegremente y sin pensarlo; es patrimonio, ya digo. Lo mismo con músicas, con sensaciones plásticas, con tacto y color de artesanías, con lecturas y espacios urbanos y atrios o bóvedas, que los llevamos puestos sin saber sabiéndolo —que hubiera dicho el Chavo del Ocho—. Del idioma se aprende también que el patrimonio es algo vivo que nos constituye además de proponernos en una realidad variopinta, babélica en su caso, que podemos concebir plagada de barreras o poblada de puentes traductores, con ida y vuelta. Pero también enseña la idea de lo efímero por vía de tantos modismos lingüísticos que pudieron ensordecer una época, o ni eso, unos meses tan sólo que parecieron interminables: basta pronunciar —en alto, dígalo, por favor— «yeyé», «petimetre», «landó», y hasta le da a uno cosa de oírse semejantes manes del pasado.

Una dimensión del patrimonio cultural es justamente lo efímero no sólo como idea sino instalado en lo concreto con distintas formas, merecedoras de más atención de la que suelen recibir en el análisis del sector. La relevancia que tiene en los conceptos y praxis de fiesta y celebración, por ejemplo, no sólo atañe a la construcción de identidad sino que está proyectada en actividades artesanales específicas. En gran medida, la categoría de efímera es estructural para la concepción de la artesanía, y hasta cabe afirmar que la intervención de una conciencia de utilidad condenada a periclitar es la que ordena, por así decir, los grados con que la artesanía se instala en la cultura; grados que implican fases proto-tecnológicas de la materialización del conocimiento desde la Antigüedad. Pero lo efímero, además, se constituye en frontera incierta entre innovación y sorpresa, entre lo conocido y lo inexplorado en todas las manifestaciones de la cultura; cada incursión del arte o la literatura o la música aparece gozosamente amenazada por la fugacidad, pero esa percepción es parte de la construcción que nos hacemos de la creación en la cultura al punto de ser inseparable de la misma. Creo que la máxima expresión de lo efímero en la cultura la constituyen los fuegos de artificio —en sentido literal—; es seguramente la manifestación más concreta visual y temporalmente hablando. Pero la misma magia que se escapa en el momento es la que opera en la interpretación teatral, en la música en directo o, para quienes arrastramos cierto privilegio sensorial, en la tauromaquia en la plaza. Es preciso entonces convenir en que lo efímero en la cultura no es equivalente a fugacidad, porque fija una marca en la memoria.

Lo fugaz viene a ser más bien una incertidumbre pura que paradójicamente persiste en alejar la duda acerca de su efecto a posteriori. En el terreno de las ideas, del hallazgo, del ingenio plástico o literario, incluso en el de algún hábito que muere como lugar común al poco, conviene remitir su vigencia a la moda, a lo que impropiamente se denomina tendencia en los últimos tiempos. Es cierto que en su duración leve puede hasta cargarse de evidencias y generar interpretaciones, pero encerrando en todo caso su esencia en lo incierto y, desde luego, en lo intrascendente. Debemos considerar fugaz, que no efímero, a lo que visto en inmediata perspectiva, percibimos que no ha de incorporarse o no ha de intervenir en el legado cultural, aunque podamos usarlo como dato de referencia, como registro o seña en un determinado tiempo, pero que no nos sirve como marca ni condición de ese mismo tiempo. Pues bien, un achaque que se imputa a nuestra realidad cultural presente es justamente estar dominada por la fugacidad de emociones y efectos, a veces confundida o mezclada con el reproche a lo efímero de sus realizaciones y a una supuesta falta de trascendencia. No sé, honestamente, si la cosa es tan así.

Volátil. En principio parece cierto que cuanto no persiste temporalmente cae fuera de nuestro concepto de patrimonio histórico y cultural. Ahora bien, la persistencia puede ser un concepto muy cuco: ¿es física o mental o de ambas categorías a la vez? ¿Es rígida o flexible, queda sancionada en un momento dado o se permite jugar en el tiempo como el Guadiana por La Mancha? Por ejemplo, cuando Rodrigo Caro escribió «Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / Fueron un tiempo Itálica famosa…», resulta que lo periclitado físicamente parecía estar presente en la idea, en la mente, en la memoria; y más adelante escribe «…Solo quedan memorias funerales / donde erraron ya sombras de alto ejemplo; / este llano fue plaza, allí fue templo; / de todo apenas quedan las señales…», parece decir que algo queda, las señales al menos como para permitirse indicar que allí había esto y allí lo otro. Itálica, entonces, ¿había persistido aunque ya no fuera Itálica? Y lo más grande: Itálica persiste hoy día; si durante un tiempo sólo vivió en el trasunto de lo pasado y lo psicológicamente efímero, a comienzos del XVII parece que reclamó a algún espíritu delicado una mínima atención y, pasito a paso, se nos ha plantado con todos los perejiles del patrimonio.

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