Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Una «tablet» para Rodrigo Caro.

La primera vez que anduve por Itálica era una primavera sin templar y acabé resfriado; no es que asocie desde entonces la Hispania romana con la congestión nasal, sino que era aún niño y cada imagen, cada cosa de aquella mañana se me quedó para siempre en la memoria. Es lo que tiene el patrimonio histórico: que como sea que uno se lo tropiece se instala, se mete entre las neuronas y sin quererlo ya va con uno a todas partes, sin estorbar, pero alerta para jugar a las referencias, a las comparaciones, a la nostalgia. Naturalmente eso mismo pasa cada vez más con la lengua, con el idioma, porque seguramente es el patrimonio cultural básico que no sólo heredamos sino que protagonizamos —eso hace mucha ilusión— y en el que vamos usando, gastando, inventando, recuperando palabras, giros, hablas que uno escuchó y hasta puede que amásemos incluso: préstamos, incorporaciones, adaptaciones que son estructura lingüística, historia de tantos a la vez que propia, historia del conocimiento que llevamos alegremente y sin pensarlo; es patrimonio, ya digo. Lo mismo con músicas, con sensaciones plásticas, con tacto y color de artesanías, con lecturas y espacios urbanos y atrios o bóvedas, que los llevamos puestos sin saber sabiéndolo —que hubiera dicho el Chavo del Ocho—. Del idioma se aprende también que el patrimonio es algo vivo que nos constituye además de proponernos en una realidad variopinta, babélica en su caso, que podemos concebir plagada de barreras o poblada de puentes traductores, con ida y vuelta. Pero también enseña la idea de lo efímero por vía de tantos modismos lingüísticos que pudieron ensordecer una época, o ni eso, unos meses tan sólo que parecieron interminables: basta pronunciar —en alto, dígalo, por favor— «yeyé», «petimetre», «landó», y hasta le da a uno cosa de oírse semejantes manes del pasado.

Una dimensión del patrimonio cultural es justamente lo efímero no sólo como idea sino instalado en lo concreto con distintas formas, merecedoras de más atención de la que suelen recibir en el análisis del sector. La relevancia que tiene en los conceptos y praxis de fiesta y celebración, por ejemplo, no sólo atañe a la construcción de identidad sino que está proyectada en actividades artesanales específicas. En gran medida, la categoría de efímera es estructural para la concepción de la artesanía, y hasta cabe afirmar que la intervención de una conciencia de utilidad condenada a periclitar es la que ordena, por así decir, los grados con que la artesanía se instala en la cultura; grados que implican fases proto-tecnológicas de la materialización del conocimiento desde la Antigüedad. Pero lo efímero, además, se constituye en frontera incierta entre innovación y sorpresa, entre lo conocido y lo inexplorado en todas las manifestaciones de la cultura; cada incursión del arte o la literatura o la música aparece gozosamente amenazada por la fugacidad, pero esa percepción es parte de la construcción que nos hacemos de la creación en la cultura al punto de ser inseparable de la misma. Creo que la máxima expresión de lo efímero en la cultura la constituyen los fuegos de artificio —en sentido literal—; es seguramente la manifestación más concreta visual y temporalmente hablando. Pero la misma magia que se escapa en el momento es la que opera en la interpretación teatral, en la música en directo o, para quienes arrastramos cierto privilegio sensorial, en la tauromaquia en la plaza. Es preciso entonces convenir en que lo efímero en la cultura no es equivalente a fugacidad, porque fija una marca en la memoria.

Lo fugaz viene a ser más bien una incertidumbre pura que paradójicamente persiste en alejar la duda acerca de su efecto a posteriori. En el terreno de las ideas, del hallazgo, del ingenio plástico o literario, incluso en el de algún hábito que muere como lugar común al poco, conviene remitir su vigencia a la moda, a lo que impropiamente se denomina tendencia en los últimos tiempos. Es cierto que en su duración leve puede hasta cargarse de evidencias y generar interpretaciones, pero encerrando en todo caso su esencia en lo incierto y, desde luego, en lo intrascendente. Debemos considerar fugaz, que no efímero, a lo que visto en inmediata perspectiva, percibimos que no ha de incorporarse o no ha de intervenir en el legado cultural, aunque podamos usarlo como dato de referencia, como registro o seña en un determinado tiempo, pero que no nos sirve como marca ni condición de ese mismo tiempo. Pues bien, un achaque que se imputa a nuestra realidad cultural presente es justamente estar dominada por la fugacidad de emociones y efectos, a veces confundida o mezclada con el reproche a lo efímero de sus realizaciones y a una supuesta falta de trascendencia. No sé, honestamente, si la cosa es tan así.

Volátil. En principio parece cierto que cuanto no persiste temporalmente cae fuera de nuestro concepto de patrimonio histórico y cultural. Ahora bien, la persistencia puede ser un concepto muy cuco: ¿es física o mental o de ambas categorías a la vez? ¿Es rígida o flexible, queda sancionada en un momento dado o se permite jugar en el tiempo como el Guadiana por La Mancha? Por ejemplo, cuando Rodrigo Caro escribió «Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / Fueron un tiempo Itálica famosa…», resulta que lo periclitado físicamente parecía estar presente en la idea, en la mente, en la memoria; y más adelante escribe «…Solo quedan memorias funerales / donde erraron ya sombras de alto ejemplo; / este llano fue plaza, allí fue templo; / de todo apenas quedan las señales…», parece decir que algo queda, las señales al menos como para permitirse indicar que allí había esto y allí lo otro. Itálica, entonces, ¿había persistido aunque ya no fuera Itálica? Y lo más grande: Itálica persiste hoy día; si durante un tiempo sólo vivió en el trasunto de lo pasado y lo psicológicamente efímero, a comienzos del XVII parece que reclamó a algún espíritu delicado una mínima atención y, pasito a paso, se nos ha plantado con todos los perejiles del patrimonio.

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