Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Parranda de pavos reales.

Se atribuye a Voltaire la máxima de que el secreto de aburrir a la gente es decirlo todo. Aún si fuera apócrifo, dar por bueno el aforismo explicaría que todo intento desde la cultura por divulgar el conocimiento tenga que constreñirse, achicarse para no aburrir y ser aceptado como entretenimiento o de últimas aparentar la ceremonia de lo nuevo o lo resucitado. Lo mejor de obrar con ese criterio es asumir que la cultura no tiene por qué ser aburrida —si se encoge, claro— y lo malo es caer por el terraplén contemporáneo en que parece que toda la cultura esté llamada a manifestarse en la hora del recreo. La cultura como inductora de lo diferente, de lo imaginario y aun deseado, ha sido una constante en la vida occidental al menos: Emma Bovary imaginando un París hiperbólico a partir de la lectura, y dando por seguro que tantas diferencias con su lánguida vida provinciana habrían de ser claves para su felicidad, resume el sentido utopista y lúdico asignado de antiguo a nuestra cultura. De ahí también la asociación entre cultura y libertad o emancipación.

Pero el divertimento no es condición de cultura. Más bien parece que el bienestar, o el cambio de estatus que el bienestar infiere, han inducido la exclusión del malestar de cualquier forma de conocimiento positivo —en cualquiera de las acepciones de «positivo»—, especialmente a escala personal. En el reciente devenir histórico lo cultural parece autorizado a cuestionar, a hacer pensar sobre esto o aquello, pero no a instalar o instalarse en el malestar. Y de ahí una predisposición hacia cómo ha de repercutir positivamente la cultura en nuestras vidas que ha llevado las sociedades avanzadas a cometer un error garrafal —¿de garrafa?— equiparando en la praxis cultura con ocio, esto es, reservando y relegando la concreción del conocimiento a una temporalidad ineficaz a priori en la construcción del bienestar mismo. Eso ha generado serias confusiones tanto éticas como mercantiles cuyas consecuencias aún estamos pagando; porque la concepción sectorial de la cultura se ha elaborado a partir de tal error o sin reparar en él, mientras que los datos básicos de la demoscopia —y el sentido común— dejan bien claro que la cultura no es ni el principal ni el subsiguiente contenido del ocio entre nosotros.

Autor Léxico de incertidumbres culturales

Lo cierto es que la cultura en la expansión del capitalismo ha debido adaptarse a esa circunstancia que nos trae a preguntarnos, al cabo, si en el trayecto se ha corrompido. ¿Es un problema que la cultura esté o parezca seducida por el entretenimiento en nuestros días? Más que problema efectivo se trata de una suerte de angustia intelectual ante la creciente frecuencia con que lo entretenido, lo que divierte se toma por «cultura» o actividad cultural de manera acrítica, simplemente porque está en el ocio. Reprochamos que lo que entretiene sin más está devorando una idea superior de cultura. Como además la frecuencia ha convertido el divertimento y la cultura a él asociada en rutina, es muy alta la tentación de referir la cosa en términos de hecatombe.

Si se repara con algo de pausa, no es tan abrumadora ni total una pretendida entrega de la cultura al divertimento. Vivimos, eso sí, un crecimiento exponencial del entretenimiento como actividad buscada y favorita —e inducida, qué caramba— de cada vez más gente, pero también debiéramos reconocer que aumenta, más discretamente sin duda, el disfrute intelectual, reflexivo, convencional si se quiere de la cultura en sus diversas manifestaciones, a poco que comparemos con épocas pasadas no tan lejanas. En todo caso es la mentalidad contemporánea, principalmente occidental y hasta ahora transmitida en la globalización, la que viene anteponiendo lo divertido y enajenante a un encaramiento de la realidad, digamos que seriamente, o simplemente al disfrute de la cultura sin requisitos festivos.

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