Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Nasciturus: cultura y desarrollo.

Las primeras veces que el mundo occidental manejó el término desarrollo con el sentido que aproximadamente seguimos aplicándole, allá por los primeros años cincuenta —del siglo XX, entiéndase—, la expresión contenía dos ideas implícitas: cambio y cultura. Ya entonces, casi naciendo, el desarrollo tuvo que arrastrar apostillas la primera de las cuales y más duradera fue la de «económico»; y ese sino lo ha perseguido sin parar hasta nuestros días en que no se desprende de «sostenible», «humano» o, ya en su más reciente inanidad, la de «cultural». Hubo ocasión desde el principio para aclarar que desarrollo era cosa distinta del crecimiento en el terreno de la economía, pero la confusión no acabó nunca de deshacerse mientras tuvo sentido ocuparse de ello. Ese sentido, conviene aclarar, existió mientras las élites del capitalismo naufragado en 1929 se recrecieron, engordaron, a lomos del estado de bienestar, es decir de la expansión de los servicios públicos, de las infraestructuras, la medicina, la enseñanza destinadas a dignificar la vida de las mayorías, a hacer respetable el trabajo y su salario, a consolidar la ciudadanía, a construir sociedad civil. Mientras eso fue así para desterrar la guerra de los escenarios occidentales y arrumbar en el olvido cualquier tentación de anschluss, mientras los cachorros del liberalismo fracasado ensanchaban sus fortunas y revestían la libertad individual, mientras, decía, tuvo sentido hablar de desarrollo.

Cambio y cultura fueron aparcados. El cambio, en todo caso, quedó como horizonte socio-político del largo recorrido auspiciado —en cuál de sus acepciones, es difícil pronunciarse— a los que estaban en vías de desarrollo. La cultura se aplicó a fines ecuménicos —pío antecedente de la globalización— y a beneficio de un inventario que legarían gentes peculiares, artistas al parecer, escritores y cineastas, bailarinas diversas, impresores cuidadosos. Farándula. Cómo sería, que durante años y años cultura y desarrollo se equipararon al agua y al aceite: insociables entre sí. Tales faranduleros, bohemios y saltimbanquis fueron confinados en París; tecnólogos y viajantes de comercio abrieron definitivamente tenderete en Nueva York; y el resto de una humanidad imprecisa se dijo que se agolpaba en Calcuta: ese acabó por ser el escenario simbólico del desarrollo; es decir, un sobrante de keynesianismo con que ocupar el tiempo de agencias internacionales. El cine pudo en esos años rememorar con desparpajo hazañas coloniales de las naciones victoriosas en la pasada guerra, y reforzar así las razones del crecimiento, de la prosperidad, del bienestar limitado a un puñado de sociedades…que estaban perdiendo sus colonias.

Tras la crisis petrolera de los primeros setenta la cosa tomó otro rumbo; el mismo cine, por ejemplo, fue poniendo fin al far west, a las proezas bélicas y definitivamente a la exuberancia hindú o a las calinas norteafricanas, para hacerse celebrante y psicoanalista como paso previo al intimismo o a la tesitura de autor, a espaldas aún de Vietnam. El «tercer mundo» —entonces ya camino del cuarto— era cada vez más revoltoso, con crecientes malas entrañas que acababan por encarecer las materias primas; en el «primero» inflación y desempleo habían rasgado el encanto del bienestar, en el «segundo» la estabilidad soviética empezaba a ser más aparente que efectiva, y en el «primero B» o «segundo derecha»—que nunca supimos exactamente dónde caíamos— el recurso a las tiranías se fue mostrando penosa solución: salían caras al final. Una caterva de ingenieros, expertos, analistas, metodólogos y una nueva generación de comerciantes ahora viajeros, formaron las huestes del desarrollo, esta vez «in-a-pla-za-ble».

En realidad fue el comienzo de una política de contención a escala mundial que situaba en su eje el crecimiento económico acompañado de coartadas jurídicas de legitimación de los estados en países chicos y/o nuevos pero pobres. La ayuda al desarrollo se transformó en un rubro específico y la filosofía en que se sustentaba propició que la sociedad civil aceptara articularse a su rebufo en forma de lobbies. Al llegar al año 2000, el consenso internacional sobre objetivos básicos para el milenio a estrenar (ODM) tuvo un doble significado: la incorporación del espíritu filantrópico al del desarrollo primigenio, pero también el reconocimiento técnico de un fracaso histórico que urgía otra contención, ahora de los desastres humanos con los que estaba conviviendo un bienestar ya en estancamiento neo-liberal. El cine, por cierto, había dejado definitivamente de acompañar a la historia y se había vuelto para entonces polimórfico, «septimoartístico» y alternativo con su crisis de formato y comercialización anterior, algo anterior, al jardín digital2.

El agua y el aceite se arrullaron entre tanto. Quizá fue un matrimonio de conveniencia, por poderes, o morganático en todo su esplendor, un simulacro de unión más que una mezcla efectiva. Allá mediados los ochenta, cuando la cultura de la humanidad con mayúsculas de UNESCO decidió que la prensa independiente en el tercer mundo era un riesgo estratégico y que había que transformar la modernidad crítica en estabilidad ilustrada, se propuso una década —largo lo fiaban— para concertar qué había de ser el desarrollo cultural, imprecisa conjura de paz y conocimiento llamada a mejorar las vidas de todos. Diez años después la sesuda reflexión no se refirió a su objeto inicial sino a nuestra diversidad creativa, que antes de alcanzar el 2000 realmente hubo diversificado un rosario de magnos encuentros, expertos aeroportuarios, (in)definiciones oscuras y prolijas, entusiasmos a color y salidas tangenciales para no tener que hablar del Islam ni de Corea (del Norte). Cultura y desarrollo eran libres de desbarrar por donde les placiese, siempre en el ondulado designio de un bucle sin melancolías.

Nasciturus- cultura y desarrollo