Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Memoria y tradición en la cultura contemporánea.

La misma sociedad que identifica, padece y analiza la enfermedad llamada «mal de Alzheimer» está dejando en suspenso cuál es el alcance de su pasado que, sin embargo, está más documentado y mejor estudiado que nunca antes. La memoria como capacidad individual o como bien personal es objeto de investigación científico-médica, de glosa divulgativa hasta incorporarse a nuestra mentalidad; pero el pasado en tanto que arquitectura colectiva se contempla a ráfagas, fragmentado a partir de hitos que sabemos preeminentes para unas u otras sociedades nacionales, o continentales, y que parecen suficientes para constituirnos en el tiempo. Este es un rasgo de nuestra cultura.

Existe hoy, y desde hace bastantes años, una evaluación menor del pasado o una merma del valor atribuido a la historia porque pertenecemos a una cultura atada al progreso. Qué digo. Pertenecemos a una «civilización acelerada» que tal vez no necesite siquiera estimar el progreso como tal: nos basta el simple y aparente vértigo de la sucesión de avances, transformaciones, superaciones, sin reparar en la satisfacción o validez de cada cosa nueva, de cada acontecimiento capaz si no de borrar, de achicar los anteriores. Confundimos —unas sociedades y unos grupos más que otros— la memoria con la historia y la tradición con la costumbre al punto incluso de deformar la primera para negar la segunda e invocar la tercera por no renunciar a la cuarta. El pasado es ahora informe y permite inconsistencias como esas, pese a que nos asumimos como sociedad avanzada. Cabe estar de acuerdo con que cada salto técnico en la cultura (el alfabeto, la imprenta, la fotografía, ahora la digitalización) ha convertido la memoria en una facultad humana en peligro; pero no es sólo esa pauta de la historia lo que ahora debiera preocuparnos. Esta vez es el pasado en sí el que corre el riesgo de diluirse, lenta o apresuradamente, ante la facilidad con que es posible manejarlo, adaptarlo a nuestra inquietud del momento. No nos sentimos herederos de un bagaje cultural1, ni siquiera probablemente de sucesos marcados en calendarios viejos, porque todo eso está guardado en la gran memoria virtual: «De la ceguera como arquetipo de la sabiduría y la memoria, hemos pasado a una hipervisión que celebra en la pantalla un continuo presente»2.

Claro que para quienes se acogen a interpretaciones cerradas de la vida, de lo vital más bien, el pasado se resuelve mítica o legendariamente; se hace con él un relato bueno o malo según la doctrina acomodada y el tiempo muerto funciona a conveniencia, facilita los tránsitos entre generaciones, deja la mente y las manos libres para encarar un porvenir —que suele estar aferrado al presente— de casitas de chocolate y bodas con perdices: ese «fin de la historia» es tan viejo como el olimpo helénico o como los paraísos de Odín y de Alá, como el cielo cristiano. De ahí un optimismo inconsecuente tanto como un destino trágico. Toda cataplasma espiritual, luego ideológica, ha comportado siempre un criterio hermético del pasado.

Técnicamente hablando la memoria es un mimbre básico de la cultura —el conocimiento en el tiempo—, la razón por tanto de que ésta y su manifestación material se ocupen de cultivar, preservar y rescatar ese conocimiento, sea individual o colectivo. Claro que esa visión algo aséptica no termina de explicar el papel que la memoria desempeña en la concepción del pasado o en la historia, y cómo sirve a nuestro tiempo actual. Si quisiéramos limitar la memoria a los recuerdos personales, o de nuestro entorno más o menos inmediato, es obvio que estaríamos atrapados en, como mucho, una maraña de generaciones próximas. Como sabemos que no es así o no sólo así, conviene reconocer que hasta lo que percibimos como memoria más personal, más íntima, está siempre contaminada justamente por la duda razonable acerca de su univocidad, de su exclusividad —de su validez histórica—. Memoria es, además, el conocimiento intuitivo de que el tiempo es compartido, social, y de cuyo transcurso no somos únicos intérpretes.

Creo que en ello debió estribar el origen de la historia: en la necesidad imperiosa —¿malsana?— de conocer también todo o la mayor parte del tiempo que no nos ha correspondido de forma individual pero que sentimos que nos atañe, nos condiciona, nos abre ventanas por las que no sabemos si asomarnos. Y creo que cuando la memoria personal o apenas compartida ilustra existencialmente lo que parecen vacíos en el tiempo de los otros, eso es lo que últimamente llamamos memoria histórica: una urgencia por completar, por expandir, la idea del pasado colectivo, como angustia ante un olvido que nos hace inconsistentes, incompletos e insolventes. . . .

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Ahora probablemente no sea necesario pensar la cultura. Lo urgente es mantener el caudal de ella misma que nos ha traído hasta aquí. Lo que inquieta son los embates a que se ve sometida, unos tecnológicos, otros olvidadizos, algunos más por simple desconcierto, pero todos arrojando incertidumbre acerca de si esta cultura es la que merecemos o la causante de ciertos males; o si se nos escapa. Pero no es la cultura sino la actividad en que fragua, este que llamamos «sector cultural», lo que precisa algo o mucho de reflexión. Porque pareciera que cuanto se nos viene abajo al calor —o al frío— de una crisis viniera a precipitarse en cultura: en qué ideamos o recordamos o creamos que ahora no funciona; que no satisface como confiamos que nos satisfaría. Así que habrá que trepar a la atalaya y otear con la rosa de los vientos a la mano: es lo que pretendo hacer con ayuda de algunas palabras.

P.A.Vives, 2012