Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Manual inhábil para encuadernación de e-books.

De muy chico sobrellevé una presencia amenazadora en el gabinete donde mi padrino ejercía de abogado —canónico, por cierto, pero eso entonces me dejaba indiferente—; era un descomunal armario-vitrina entre chippendale y remordimiento español habitado por volúmenes idénticos, lomos gruesos, en crema, azul y rojo, a los que debí rendirles un respeto silente y medroso sin saber por qué. Supe, con el tiempo, que aquello era el Aranzadi. Casi nada. Bastantes años después , ya subalterno de filosofía y letras, entré en un piso de familia acomodada —muy acomodada, eran mis caseros— y sentí un estupor estético raro: el salón-comedor, quizá acogedor y estándar, tenía en todo su perímetro de zona sagrada una soberbia cornisa de madera quién sabe si de caoba o qué pero de mucho empaque, que no era sino potente balda corrida en la que dormía el Espasa entero, completo según me aseguraron. Un dineral a más de tres metros de altura, omnipresente con las visitas, a la hora de la tele y en cualquier disputa paterno-filial. Inalcanzable, claro, salvo con zancos o escalerita ad hoc. Parecía no haber más libros pero sí; cuando volví de la revelación descubrí sobre un veladorcito arrinconado y coqueto uno con fotos de flora y fauna de las Galápagos; junto al amplificador musical de última generación —de entonces— otro de gran formato sobre automóviles de ensueño y a su vera, casi inadvertido, un tercero dedicado a familia y salud que era el único con cierta traza de uso y consulta —y de cierta mantequilla, me pareció—.
Los productos de la cultura como guarnición profesional y/o decorado hogareño constituyen una dimensión del sector que puede mover a mofa y sarcasmo, pero que significan una parte del negocio del conocimiento y de la socialización simbólica a la que dejamos escapar en el análisis tal vez alegremente. El libro como objeto es quizá el producto cultural más accesible para desembocar en dicho uso junto a la estampa y el grabado. No así el disco, ni en sus viejos formatos ni el cedé, porque su forma, su delgadez, su práctica ausencia de lomo, le resta solvencia estética salvo profesional o maniática acumulación; y además ha sido decorativamente aniquilado por inquietantes micro-arquitecturas de sobremesa destinadas a publicitar la hegemonía recién estrenada del «iPod» en la cotidianeidad.
Ahora bien, la tecnología digital ha terminado por unir libro y disco en un síndrome común: el del compilador compulsivo. Como síndrome, contiene sintomatologías diversas; la más común es la del burlador editorial que al parecer disfruta sabiéndose causante de la ruina de ciertas empresas; puede sumarse al de ilustrado inconstante, sufridor del pesar por tanto como debiera leer, escuchar, haber leído y escuchado, aunque la azarosa vida siga impidiéndole cumplir con un destino de saberes inviables; así mismo entra en juego el inaugurador obsecuente compelido a dotarse de lo último que el mundo, la vida, la prensa, la tele, un amigo que vive en Manhattan, sancionan como el futuro que ya está aquí. Y todo esto en un «pen» de capacidades siderales pero que, francamente, luce bastante poco —salvo aberraciones de diseño—. Estéticas y manías aparte, el libro electrónico y los textos digitalizados o tratados ad hoc para leerlos en el primero son en estos momentos el eje de un proceso plagado de incertidumbres en torno al «mundo del libro». Las dudas e inquietudes afectan a prácticamente todas las facetas de lo que habíamos conocido como libro y edición: al producto, a los hábitos de lectura y a la lectura misma, a la industria editorial.
Nervios. Pueden seguirse los distintos hilos de la trama abierta por la edición electrónica en el ámbito del libro comenzando por la lectura en sí, en la que el «e-book» ha abierto el abanico de opciones en la vida material de quien lee porque estandariza el tamaño, peso y cuidados requeridos por el objeto, libera la movilidad de manos y dedos, arrumba pesadumbres y adminículos del présbita y, desde luego, sustituye la idea de libro por la de repositorio en los traslados cotidianos. En un tiempo en que la cultura había incorporado el paradigma de «puesta a disposición» al núcleo de las políticas públicas, la lectura digital da un giro al sentido de ese estado de cosas convirtiendo al lector en auto-proveedor de la cultura, básicamente la escrita, que quiere tener a la mano. Desde luego que, como venía sucediendo en la oferta de cultura en el espacio público, el lector puede o no ejercer como tal, usar lo que está a su alcance o simplemente acumular esa auto-oferta para uso singularmente privado. Es este un cambio sutil en la vida material del consumidor de cultura, un cambio en la condición técnica de «lector» que parte del hecho de contar con la encuadernación más confortable, cómoda y adaptable que hubiéramos imaginado hace tres décadas. Pero un cambio con implicaciones estructurales que, precisamente, están alterando las variables de la cultura editorial que conocemos y que se relacionan con decisiones que antes estaban del lado del editor y ahora en el del consumidor de libros.

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