Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). De masas (¿conformistas?) a redes (¿indignadas?)

Parece que existe un consenso extendido entre la clase cultural respecto a que atravesamos un viraje de la «cultura de masas» hacia una «cultura en red». Personalmente no termino de comprender bien en qué ha de consistir el horizonte de llegada —seguramente porque tampoco asumo sin más el punto de partida—, pero lo cierto es que la crítica cultural desde hace pocos años se desenvuelve con esos parámetros. Esa crítica se centra más hasta ahora en la insuficiencia de la cultura de masas, especialmente en cuanto hace a televisión e internet; cosa lógica porque es lo que conocemos y ha protagonizado las alteraciones o convulsiones de cuanto aceptamos por cultura en las tres décadas últimas aproximadamente. También con relativa lógica lo que ha empezado a suceder en «la red» se enfoca con menos aspereza, con benevolencia a veces, quizá porque el rabillo del ojo no pierde de vista cómo nos reflejamos en el espejo de lo futurible. El corolario, por lo visto inevitable, es que la cultura masificada, la vulgarización desbocada, nos ha traído a un estadio culturalmente estancado, inane en muchos sentidos, en el que vamos perdiendo por días y minutos un sentido cabal del conocimiento como fundamento humano así como sus efectos de sensibilidad, sensatez y comprensión del mundo. La civilización del espectáculo de Vargas Llosa (2012, Alfaguara) viene a coincidir a grandes rasgos con esa visión.

Esta crítica, sin embargo, me parece que elude un hecho constatable al que se ningunea implícitamente: la cultura supuestamente perdida, la «alta cultura» o «de élites» que decíamos hasta hace no tanto, no ha desaparecido ni está muerta. Cosa distinta, que podría debatirse, es que esa cultura elevada, de no fácil acceso ni sostenimiento a escalas individual y grupal, no haya figurado con frecuencia ni en los planteamientos industriales ni en la demanda masificada, como pudo desearse tras la IIGM. Con todo, nadie habrá de negar que las seis últimas décadas hayan puesto a disposición en Occidente, por vía de mercado o como tarea pública, más literatura, música, cine, patrimonio, artes plásticas y escénicas, más cultura de diferentes niveles en fin, que nunca antes en la historia. Más aún, estoy por proponer que en realidad no ha llegado a existir una cultura propiamente de masas sino más bien para consumo masivo, y que en realidad se ha tratado —se trata— de adaptaciones y derivas de la cultura con todas las letras de alta, a lo que se ha añadido la expansión de sus prácticas más propias y arraigadas como puedan ser la lectura, la audición de música, la contemplación visual o el afán viajero. Si el resultado es que no todas o la mayoría de personas, en sociedades occidentales, disfrutan, practican y se reencuentran en nuestra maravillosa cultura, habrá que llevarlo al inventario de frustraciones también occidentales: como la equidad social, el respeto capitalista hacia el estado de derecho, la solidaridad (sin causas) o la dignidad material, laboral, ciudadana. Si desde la óptica cultural desespera el éxito del disparate, de lo estrambótico, de la nimiedad, qué se le va a hacer: piénsese en el resto, en el conjunto.

La segunda proposición del diagnóstico al parecer consensuado lleva a un cuestionamiento comprensiblemente cargado de incertidumbre: ¿está despegando una, o la, cultura en red? Deberíamos tener una idea más nítida de las características del fenómeno, porque hasta ahora cabe dar por seguro que se trata de un ámbito virtual, comunicacional, en el que no sólo se incorporan los contenidos clásicos, por así decir, sino también multitud de impulsos creativos de mayor y menor elaboración, acompañados frecuentemente de cierto desdén hacia la formalidad de la creación heredada, del legado cultural que se supone de algún modo ya improductivo. Esta (¿nueva?) cultura que viaja por internet cuenta además con otro rasgo inquietante: la individualidad en que se propone, en que se gesta. Los defensores del nuevo horizonte insisten especialmente en la libertad individual para intervenir en él aunque, bien pensado, se trataría más de una libertad para publicar —que ciertamente no existía veinte o veinticinco años atrás—, pues la capacidad de trasladar pensamiento, ingenio o imaginación al papel, a la imagen o a la partitura, por ejemplo, es más vieja que la Tana y lo que históricamente separa dicha capacidad de su transmisión pública es la edición, esto es, la mediación del sistema cultural entre creador y audiencia.

 

Además, y al fin y al cabo, el individuo siempre ha gestionado su relación socio-cultural basculando entre extremos de ensimismamiento y alienación, con la comunicación como eje de gradación existencial, relacional o meramente informativa. El individuo alumbrado por la Ilustración fue ya esencialmente individuo comunicado, interrelacionado, atento a la posibilidad de utilizar e intervenir en los medios de su tiempo; pero fue también individuo pre-industrial, proto-liberal y urbano, rasgos que dibujaron la cultura romántica y la diferenciarían respecto a la de medio o un siglo después, ésta ya como resultado de la industrialización y crecientemente marcada por el nacimiento de las masas. Visto así, ¿será esto de la red una suerte de retorno pos-industrial, urbanita e individualista a un neo-romanticismo contra la alienación en la masa y aferrado a una tabla de salvación de interactividad virtual? Pudiera ser.

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