Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). Cultura y dependencia (Malpagá)

Hoy sucede que los «Episodios Nacionales» de Galdós pueden adquirirse por vía electrónica a precio cero. Si, como Throsby recuerda, en términos económicos el precio no mide el valor de un bien sino que sólo es un indicador de éste, ¿estamos ante un indicador de que el valor de la serie galdosiana tiende a la nada, a la intrascendencia? La irrupción del libro electrónico ha hecho reverdecer una de las paradojas en que se ve envuelto el sector de la cultura: los compradores del nuevo formato coinciden en que el precio, contrastado con la edición en papel, es todavía elevado. Una reacción que no sorprende a nadie porque el libro —como tantos productos de la cultura— siempre parece caro, aunque si se preguntara por su valor la respuesta más frecuente sería la de «incalculable». De manera que si la edición electrónica reduce costes de producción y distribución —aunque introduce otros2— y el porcentaje del autor permanece de momento más en suspenso que inmutable, ¿qué porciento habremos de imaginar para un «valor» que tanto ponderamos? No es de extrañar que David Throsby arrancara su ya clásico ensayo sobre economía y cultura con la ingrata tarea de aportar cierta luz a esta paradoja del valor en la economía de la cultura, lo que consigue según y cómo.

Como tenemos establecido que la cultura resulta «invaluable», una respuesta radical a la gran paradoja viene siendo que la cultura ha de ser gratis. Claro; pero entonces habría que encarar una cuestión de temporalidad: ¿cuándo ha de ser gratis? El valor asignado a la cultura no existe en nuestras conciencias de manera idéntica según qué «momento» de cada una de sus materializaciones, porque éstas han de ser producidas intelectualmente y a continuación volcadas sobre un soporte o un medio de comunicación. Desde luego ya en la pulsión creativa el valor intrínseco es universal aunque la mayoría no podamos reconocerlo o certificarlo; lo que implica que entonces su valor social es anecdótico por hipotético y futurible, en tanto su coste de producción es el más alto que alcanzará en su vida como producto cultural. Pero en ese nacimiento material es cuando, irremediablemente, se le asigna un precio; un primer precio que tiene todas las papeletas para parecer caro.

Autor Léxico de incertidumbres culturales

El consumidor de cultura no desagrega esa temporalidad que conduce a la universalización de la cultura concreta. No tiene por qué, desde luego. El instinto consumidor recomienda esperar a la edición de bolsillo, al álbum sin añadiduras de lanzamiento, a la reposición o la emisión en abierto: de alguna forma, ese instinto expectante y rácano opera en la temporalidad económica de la cultura para ratificar o no el valor inmarcesible que le corresponda. El problema paradójico a largo plazo es que así comienza el recorrido hacia el «precio cero» que será la certificación de universalidad con mayúsculas. Esta secuencia paradójica se sustenta en un sistema —cultural y nuestro— que hace del derecho de autor la única propiedad de titularidad perecedera en el capitalismo y que utiliza los indicadores más básicos con prurito de negatividad: lo más caro es lo más incierto, lo más consumido lo que menos valor o calidad suscita, lo consagrado lo que más bajas utilidades augura; y en las tres proposiciones cabe añadir, casi siempre, «y viceversa».

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