Adelanto editorial: Léxico de incertidumbres culturales (Ensayos universitarios para reiniciar un siglo). A manera de huída.

Los andaluces presentamos una bajísima reacción ante el enunciado «arte actual». La mitad de nosotros ni se detiene a calcular si le sugiere alguna cosa; de la otra mitad acaso uno de cada cinco esboza cierta idea más o menos concreta. Como creo que no se ha consultado algo así a otros universos de opinión pública, no es posible comparar ni por tanto tener un dato de referencia de mayor significación demoscópica; sí tenemos, en cambio, una larga sensación de que existe una suerte de divorcio entre el ciudadano común y los artistas, los críticos, los degustadores y, por extensión, los resultados materiales y virtuales de la tarea que estos llevan a cabo; además, en el conjunto de ciudadanos comunes hay que incluir para el caso a bastantes intelectuales contemporáneos, entre los que no faltan artistas plásticos o músicos que cabría suponerlos del otro lado. También cada vez son más las voces que salen a la palestra para confesar que ante muchas producciones del «arte actual» sienten que les están tomando el pelo. O intentándolo. Me sumo.

Sin embargo es inevitable tomar en consideración que el estupor, o la desconfianza o la incomprensión suscitados por ese arte «actual» o coetáneo es una percepción de alguna manera cíclica, que se trata ahora de una sensación extendida en sociedades con multitud de medios de información y que, muy probablemente, algo así no habría sucedido en Occidente desde los siglos del primer románico —salvadas las distancias mentales, demográficas y comunicacionales—, pues sólo en aquel tiempo la abstracción, la exclusión de perspectiva y tridimensionalidad tuvieron una pujanza comparable. Probablemente pues, sea sólo la segunda vez en la historia en que el «arte actual» desconcierta a una mayoría de quienes se acercan a él. A una mayoría de sus destinatarios occidentales, conviene puntualizar. Visto así, intervendría en nuestra sensibilidad cultural, especialmente en lo que hace a la emotividad plástica, una elusión temporal comprensible pero de no poca relevancia: en el tiempo largo esta situación parece menos trascendente, o menos singular, que para el horizonte de las generaciones que alcanzamos a coexistir en el último siglo. Nuestro arte actual parece inmerso en una secuencia de innovación reciente, cercana en la memoria, que fuerza a contrastarlo con cánones estéticos anteriores más y mejor asentados en esa misma memoria y que forman parte de ideas del mundo y las cosas ya seculares. Dicha perspectiva es la que sigue asociando las artes plásticas contemporáneas —en menor medida a la música o la arquitectura— con el concepto de vanguardia, o con el calificativo «vanguardista», en la mentalidad común.

Ahora bien, ya sabemos que las vanguardias como sucesión de movimientos artísticos compusieron una tendencia que, historiográficamente hablando, surgieron hacia 1900 y decayeron con la segunda guerra mundial, hacia 1940. Esos fueron sus márgenes temporales en la historia occidental. Después de eso, ¿ya no hubo ni hay más vanguardias? Parece ser que no, con los manuales en la mano y Wikipedia en la pantalla. Estamos entonces des-conmemorando o contra-celebrando el siglo transcurrido desde que el fovismo puso colorines a la modernidad del cambio de siglo; y todo aquello, más lo que vino después, desencadenó en nuestra idea de arte efectos estéticos identificables aún hoy día que, sin embargo, apenas cabe rastrear por lo que se refiere a factores eidéticos. Porque una razón capital de aquellas vanguardias históricas que ahora resulta inconcebible fue precisamente su vocación eidética, ideológica en algún caso, materializada en manifiestos y en otros textos de diferente corte y destino2.

No podemos saber cuál fue el grado de influencia o de impacto de esa literatura de proclamas estéticas fuera de los limitados grupos de artistas, escritores, marchantes, críticos en que circularon, porque se trató de movimientos de y para minorías, casi grupúsculos a los que solamente internacionalidad y notoriedad confieren trascendencia histórica. Casi con seguridad puede decirse que la proyección más patente de cierta popularidad que las vanguardias alcanzaron en sociedades de su tiempo se debió más a la arquitectura —especialmente la racionalista— que a otras disciplinas, por razones obvias y aunque no quepa deducir de ello sin más que aquella arquitectura fuese dimanante de ninguno de los movimientos. Y si en algún otro plano de la cultura material dejaron una huella singular y duradera ese fue el de una estética editorial y tipográfica que, sin embargo, casi ni se percibe o se reconoce al cabo del tiempo3 pese a que sus propuestas y hallazgos siguen vivos en la edición contemporánea.

Autor Léxico de incertidumbres culturales

Pero la idea de vanguardia como «ruptura» desde el ámbito de la estética, que implicaba la necesidad de proveer de espacio cultural a transformaciones socio-económicas y a la pujanza de ideologías de masas —fascismo, comunismo, anarco-sindicalismo—, es la que efectivamente desapareció con la IIGM. La guerra, el desastre sufrido y experimentado por Europa en 1914-18, había parecido de imposible repetición para una o dos generaciones en que afloraron las vanguardias: ese contexto mental ayuda a comprender que, tras 1945, estas quedasen atrapadas en un reproche general a las extravagancias y frivolidades de los años de entreguerras. Atrapadas, pero no muertas.

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